Fin de ciclo ou refundación da socialdemocracia?

Vaia por diante o meu recoñecemento a Ignacio Ramonet, e que son subscritor da edición española de Le Monde Diplomatique. Pero, sempre que fala da esquerda europea sinto un enorme desacougo. Como así pásame coa lectura do seu artigo “Socialdemocracia, fin de ciclo”.

Todas as críticas que verte no seu artigo son certas, pero gabarse da derrota dos partidos socialistas e socialdemócratas é un erro. Sobre todo, porque nada hai alternativo á súa esquerda. É dicir, se tomamos como lema aquelo de “socialismo ou barbarie”, estaríamos – sendo consecuentes co artigo de Ramonet – nesta última parte. E non creo que dun desastre, como sería a hexemonía absoluta da dereita máis radical, da fame, saia ningún proxecto de transformación social.

É recorrente por parte de Ramonet este tipo de críticas. Pero, que papel xogan as outras esquerdas; non merecen tamén un xuízo demoledor? Porque se sacamos os éxitos – modestos – do portugués “Bloco de Esquerdas” e de “Die Linke” de Oskar Lanfontaine, todo o demais é un páramo. No caso español, a famosa “refundación da esquerda” móvese entre aqueles que vinte anos despois aínda choran pola crise do comunismo, e aqueles que saben que calquera proxecto de esquerda alternativa viable pasa precisamente pola desaparición definitiva do que queda dese sindicato de intereses que é hoxe o PCE.

O chamado “Socialismo do século XXI” indubidablemente debe ter as simpatías e apoio das esquerdas europeas, mais no meirande dos casos, son procesos políticos estrictamente locais e non exportables. Sen ter en conta se este vai ter forza alén da vida política dos seus peculiares líderazgos, especialmente Hugo Chávez. Persoalmente, agás o caso de Bolivia – que pola confluencia dun partido histórico como o MAS e o movemento indíxena é o caso máis salientable e serio – espero que cando menos serva para consolidar a participación democrática dos seus pobos. O “voluntarismo revolucionario” é moi importante na acción política, pero as súas son revolucións democráticas – nacionais e antiimperialistas. Están máis preto das revolucións que levaron a estes países á Independencia, que o que en términos científicos podemos definir como socialismo.

Son, tamén, consciente que cando un anda a definir a súa propia alternativa, a intentar construír algo novo, o primeiro paso, é definirse a un mesmo en oposición a aquelo que se pretende substituír. Pero, está Ramonet nesa fase? Cal é a súa posición ante o fracaso do francés “Novo Partido Anticapitalista”? E do acordo do PS cos ecoloxistas franceses?

É moi difícil como vedes situarse nisto que se chaman os espazos electorais dos partidos da esquerda europea. En todo caso, o certo é que a pesar da crise, da falta de proxecto propio diferenciado en moitos casos, da necesaria refundación da socialdemocracia; historicamente (agás Italia e Rusia) e na actualidade, a maioría dos traballadores e dos sectores máis avanzados das clases medias, manteñen aos partidos socialistas e socialdemócratas como a súa principal referencia. España é un bo exemplo diso.

O problema radica en que o conxunto das esquerdas, todas elas, necesitan rexenerarse e traballar a prol diso que se chama o proxecto estratéxico da unidade das esquerdas. Historicamente Europa, e España tamén, avanzaron cando esa unidade foi real. No que estamos – deixando á beira a expresión electoral de cada un – é en términos gramscianos na necesidade da configuración dun novo bloque histórico que permita superar a crise social que padecemos nun sentir progresista. E ese novo bloque histórico só pode vir dada pola confluencia das esquerdas sindicais e políticas tradicionais, de todo aquelo positivo do movemento altermundialista, e da implicación e participación dos pobres e dos inmigrantes.

O proxecto, entón, é a refundación do conxunto das esquerdas, que precisamente por ser esquerdas son plurais. E os proxectos – sen menoscabo da necesaria crítica – constrúense en positivo e sumando.

3 thoughts on “Fin de ciclo ou refundación da socialdemocracia?

  1. Paolo Flores d’Arcais: La traición de la socialdemocracia
    Los partidos reformistas, convertidos en aparatos de gestión del poder, se han olvidado de la defensa de la igualdad contra el sistema de privilegios. Al incorporarse al ‘establishment’ han perdido su razón de ser
    Una izquierda que hace política de derechas sólo sirve para preparar el regreso del original
    Paolo Flores d’Arcais es filósofo y editor de la revista Micromega. Traducción de Carlos Gumpert.

    Creo haber escrito mi primer artículo sobre “la crisis de la socialdemocracia” hace aproximadamente un cuarto de siglo, y eran ya muchos quienes me habían precedido. Sirva ello para explicar que el tema no es nuevo y que puede decirse que las socialdemocracias, en cierto sentido, siempre han estado en crisis (excepto las escandinavas, que nunca llegaron a crear escuela). La raíz de tal crisis reside en efecto en la desviación (un abismo a menudo) entre el dicho y el hecho que las aqueja. La socialdemocracia nació como una alternativa al comunismo en la defensa de la igualdad contra el sistema de privilegios. La alternativa al comunismo se ha conservado (con toda justicia) pero la batalla por la igualdad (es decir, la lucha contra los privilegios) se ha visto reducida a flatus vocis, incluso en su fórmula minimalista de la “igualdad de oportunidades de arranque”, que llegó a ser teorizada por numerosos liberales como corolario de la meritocracia individual.

    Resulta por ello más fácil recordar los raros momentos en los que la socialdemocracia alimentó realmente esperanzas: el laborismo de la inmediata posguerra, que implanta con Attlee el estado de bienestar teorizado por Beveridge; los años de Brandt, que el 7 de diciembre de 1970 se arrodilla en el gueto de Varsovia; la época de Mitterand, que interrumpe la larga hegemonía gaullista que pesaba sobre Francia casi como destino (o condena). Logros reformistas, a los que las propias socialdemocracias no han dado continuidad. La política del estado de bienestar se detuvo apenas un poco más allá del servicio sanitario nacional (que además se burocratizó rápidamente). La desnazificación radical de Alemania, que los gobiernos democristianos habían descuidado, no se vio enraizada en similares transformaciones de las relaciones de fuerzas sociales. Y la unidad de la izquierda de Mitterrand, tras la prometedora y brevísima época de los “clubes”, se resolvió mediante compromisos entre los aparatos de partido, no en un acrecentamiento del poder efectivo de los ciudadanos.

    Porque esa es la cuestión -no secundaria en absoluto- que los análisis de la “crisis de la socialdemocracia” no suelen tener en cuenta. El carácter de aparato, de burocracia, de nomenclatura, de casta, que han ido adquiriendo cada vez más, incluso en la izquierda, quienes, por decirlo con palabras de Weber, “viven de la política” y de la política han hecho su oficio. La transformación de la democracia parlamentaria en partidocracia, es decir, en partidos-máquina autorreferenciales y cada vez más parecidos entre sí, ha ido haciendo progresivamente vana la relación de representación entre diputados y ciudadanos. La política se está convirtiendo cada día más en una actividad privada, como cualquier otra actividad empresarial. Pero si la política, es decir, la esfera pública, se vuelve privada, lo hace en un doble sentido: porque los propios intereses (de gremio, de casta) de la clase política hacen prescindir definitivamente a ésta de los intereses y valores de los ciudadanos a los que debería representar, y porque el ciudadano se ve definitivamente privado de su cuota de soberanía, incluso en su forma delegada.

    Los políticos de derechas y de izquierdas acaban por tener intereses de clase que en lo fundamental resultan comunes -de forma general: el razonamiento siempre tiene sus excepciones en el ámbito de los casos individuales- dado que todos ellos forman parte del establishment, del sistema de privilegios. Contra el que por el contrario debería luchar la socialdemocracia, en nombre de la igualdad. Y es que, no se olvide, era la “igualdad” el valor que servía de base para justificar el anticomunismo: el despotismo político es en efecto la primera negación de la igualdad social y el totalitarismo comunista la pisotea por lo tanto de forma desmesurada.

    La partidocracia (de la que la socialdemocracia forma parte), dado que estimula la práctica y creciente frustración del ciudadano soberano, la negación del espacio público a los electores, constituye un alambique para ulteriores degeneraciones de la democracia parlamentaria, es decir, para una más radical sustracción de poder al ciudadano: así ocurre con la política-espectáculo y con las derivas populistas que parecen estar cada vez más enraizadas en Europa.

    Pero lo cierto es que las vicisitudes actuales de las socialdemocracias parecen manifestar algo más: grupos dirigentes al completo que no solo están en crisis sino casi a la desbandada, sumidos en la espiral (al igual que los aviones al caer en picado) de un auténtico cupio dissolvi. La cuestión es que la culpa originaria, el haber olvidado la brújula del valor de la “igualdad”, sin el que la izquierda pierde todo su sentido, está pasando ahora factura. Pero razonemos con orden.

    Resulta paradójico que la socialdemocracia viva el acmé de su crisis precisamente cuando más favorables son las condiciones para la critica hacia el establishment y para plantear propuestas de reformas radicales en ámbito financiero y económico, dado que está a la vista de todos o, mejor dicho, está siendo padecido y sufrido por las grandes masas, el desastre social provocado por la deriva de los privilegios sin freno y por el dominio sin control ni contrapeso del liberalismo salvaje, de los “espíritus animales” del beneficio.

    Y es que la crisis provoca incertidumbre ante el futuro y el miedo empuja a las masas hacia la derecha, según se dice. Pero eso ocurre solo porque la socialdemocracia no ha sabido dar respuestas en términos de reformismo, es decir, de justicia social creciente, a la necesidad de seguridad y de “futuro” de esos millones de ciudadanos. Pongamos algún ejemplo concreto. El miedo ante el futuro adquiere fácilmente los rasgos del “otro”, el inmigrante, que nos “roba” el trabajo. Pero si el inmigrante puede “robarnos” el trabajo es solo porque acepta salarios más bajos. ¿Ha intentado llevar a cabo alguna vez la socialdemocracia una política de sistemático castigo de los empresarios, grandes y pequeños, que emplean a inmigrantes con salarios más bajos y sin el resto de costosas garantías normativas obtenidas tras decenios de luchas sindicales?

    Algo análogo ocurre con la deslocalización de las empresas, el fenómeno más vistoso de la globalización. El empresario alemán, o francés, o italiano, o español, al trasladar su actividad productiva hacia el tercer mundo, se lucraba con enormes beneficios explotando mano de obra con salarios ínfimos y sin tutela sindical (por no hablar de la libertad de contaminar en forma devastadora). Pero los gobiernos poseen potentes instrumentos, si así lo quieren, para “disuadir” a sus propios empresarios en su carrera hacia la deslocalización, instrumentos que la política de la Unión Europea puede hacer incluso más convincentes o reforzar en buena medida.

    La socialdemocracia, por el contrario, se ha doblegado ante esta mundialización, cuando no la ha exaltado, cuando si el empresario puede pagar menos por el trabajo, deslocalizando la fábrica o pagando en negro al clandestino, se crean las condiciones para un “ejército salarial de reserva” potencialmente infinito, que irá reduciendo cada vez más los salarios, restituyendo actualidad a categorías marxistas que el estado del bienestar -y luchas de generaciones (no la espontánea evolución del mercado)- habían vuelto obsoletas. Y sin embargo la socialdemocracia está organizada nada menos que en una “Internacional”, y ha gozado durante mucho tiempo en las instituciones europeas de un peso preponderante. No es por lo tanto que no pudiera hacerse una política diversa. Es que no quiso hacerse.

    Los ejemplos podrían multiplicarse. La socialdemocracia ha llegado a aceptar las más “tóxicas” invenciones financieras, y no ha hecho nada concreto para acabar con los “paraísos fiscales” o el secreto bancario, instrumentos del entramado económico-mafioso a nivel internacional, con el resultado de que el poder de las mafias se extiende por toda Europa, desde Moscú a Madrid, desde Sicilia hasta el Báltico, y ni siquiera se habla de ello. Y dejemos correr el problema de los medios de comunicación, absolutamente crucial, dado que “una opinión pública bien informada” debería constituir para los ciudadanos “la corte suprema”, a la que poder “apelar siempre contra las públicas injusticias, la corrupción, la indiferencia popular o los errores del gobierno”, como escribía Joseph Pulitzer (¡hace ya más de un siglo!), mientras que nada han hecho las socialdemocracias por aproximarse a este irrenunciable ideal.

    La socialdemocracia debía distinguirse del comunismo en sus métodos, mediante la renuncia a la violencia revolucionaria, y en sus objetivos, mediante la renuncia a la destrucción de la propiedad privada de los medios de producción. No estaba desde luego en su ADN, por el contrario, la abdicación a condicionar a través de las reformas (es decir sustancialmente) la lógica del mercado, volviéndola socialmente “virtuosa” y sometiéndola a los imperativos de una constante redistribución del superávit tendente hacia la igualdad.

    Al traicionar sistemáticamente su única razón de ser, la socialdemocracia ha estado en crisis incluso cuando ha ganado elecciones y ha gobernado. ¿Cuánto se han reducido las desigualdades sociales bajo los gobiernos de Blair? En nada, si acaso todo lo contrario. ¿Y con Schroeder? ¿De qué puede servir una izquierda que lleva a cabo una política de derechas, si no a preparar el retorno del original?

    No resulta difícil, por lo tanto, delinear un proyecto reformista, basta tener como estrella polar el incremento conjunto de libertad y justicia (libertades civiles y justicia social). Es imposible realizarlo, sin embargo, con los actuales instrumentos, los partidos-máquina. Porque pertenecen estructuralmente al “partido del privilegio”. No pueden ser la solución porque son parte integrante del problema.

    El País, 25/10/09

    • Caro amigo Alexandre: era moito máis fácil engadir directamente o enlace deste artigo que citas publicado no diario “El País”. En calquera caso, está na mesma liña que Ramonet e non vai alén das obviedades xa coñecidas.
      Ti estiveche na conferencia de Beiras (http://recunchofuco.blogspot.com/2010/03/o-recuncho-n-27_22.html) organizada recentemente pola Asociación Fuco Buxán. Que me dis de aquilo de refundar a socialdemocracia dito por el?
      En calquera caso, foi o comunismo o que nace como alternativa e non ó revés. E ademais, esquecemos que a denominación “socialdemocracia” é a histórica dos partidos obreiros. O SPD alemán foi o primeiro de todos e fundado por Federico Engels.
      Esquecemos tamén a forza da tradición das organizacións obreiras entre os traballadores, e evidentemente, a miña proposta de novo bloque histórico necesita da confluencia de todas as esquerdas socio-políticas, aínda que previamente deben todas elas rexenerarse. O lema de Fuco Buxán e da revista Razón Socialista é “Pola rexeneración da esquerda”.
      Como será o futuro? Non o sei. Eu son militante socialista e avogo pola rexeneración e anclaxe na esquerda do meu partido. Eu estou niso, outros – lexitimamente – están noutra cousa.
      En fin,apertas.

      • E que os partidos teñen que ser un instrumento e non un fín en si mesmos. Se facemos dos partidos un fín estamos caendo na
        “moral” da mafia que consiste en aplaudir todo aquilo que fagan os nosos. A socialdemocracia historica foi froito dunha determinada coxuntura historica e dunha correlación de forzas que hoxe non se dan. Creo que as socialdemocracias europeas són hoxe sinples “aparellos” de Estado. Hoxe en Europa non temos
        “movemento” non temos capilaridade, a economia do traballo esta derrotada, e polo tanto non temos “marco” que representar nas institucións.Non hai ese texido, esa cultura propia alternativa a capitalista, como tiña o PCE nos setenta, cine clubes, asociacións de veniños, mundo do traballo. Do que se trataría sería de reconstruir ese outro mundo.

        Apertas

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